UNIDAD DE LAS IZQUIERDAS

6 octubre, 2011

Alberto Acosta

Como en otras ocasiones a lo largo de la historia republicana, agrupaciones y movimientos de izquierda propugnan por su unidad. Esta vez, a diferencia de otras oportunidades, la coyuntura política no está inminentemente preñada de urgencias electorales. Se trata, al menos en el discurso, de una iniciativa para conformar una unidad programática y organizativa, que responda a los retos del momento y que plantee, simultáneamente, una agenda de acciones de mediano y largo plazo con una clara vocación de poder.

Esta es, además, una propuesta de origen múltiple por sus varios convocantes y por las razones que la promueven. No se agota en los partidos y movimiento políticos de la tendencia. Emerge también desde los movimientos sociales y desde los gobiernos locales alternativos. Tiene que ver por igual con una sumatoria de propuestas de cambio y también de frustraciones acumuladas en estos últimos años particularmente. El gobierno de la “revolución ciudadana”, que se originó en una innegable matriz de izquierda, no solo que desentona con el libreto que planteó inicialmente, sino que cada vez más contradice los principios básicos de una verdadera revolución que deben sustentarse en una democracia radical.

El detonante de este proceso, a no dudarlo, fue la consulta popular del 7 de mayo del 2011. En ese contexto electoral muchas de las organizaciones y los partidos convocantes a esta unidad incursionaron de manera unitaria para enfrentar las propuestas de irrespeto a la Constitución de Montecristi planteadas por este gobierno. “Esta vez no” fue el mensaje de estos grupos y movimientos, que fueron en mayor o menor medida, directa o indirectamente, artífices del actual gobierno. Tengamos presente que triunfo electoral del actual presidente de la República en el año 2006 fue el fruto directo del acumulado histórico de las múltiples luchas del pueblo ecuatoriano.

Hoy, esta propuesta de unidad despierta renovados entusiasmos y también suspicacias. Empecemos por estas últimas.

Desde la cúpula gubernamental se procura presentar esta aproximación unitaria de grupos de izquierda en coincidencia con la oposición desplegada por sectores de derechas. Como parte de una millonaria campaña publicitaria, sin preguntarse las razones de este proceso unitario en ciernes, funcionarios del gobierno tratan de demostrar similitudes e incluso acercamientos con ciertas formaciones políticas oligárquicas causantes en gran medida de la debacle nacional. No se hace el más mínimo esfuerzo para procesar esta evolución contestataria desde las izquierdas a un gobierno que enarbola tesis de dichas izquierdas y que, no podemos negarlo, ha impulsado algunos cambios importantes, pero que comienza a flaquear en el camino.

En círculos de las derechas, incluyendo algunos ámbitos periodísticos afines, tampoco hay comprensión de la propuesta en ciernes. Quisieran ver en estos esfuerzos de unidad el aparecimiento de una izquierda “moderna”, que se sume coherentemente -según ellos- a una gran oposición en contra del gobierno; la que -para así demostrar su modernización- se acomode al capitalismo. Las derechas están a la espera de una izquierda pragmática, que haga juego al sistema; papel que lamentablemente asume cada vez más el gobierno. Y en la medida que estas pretensiones no se cristalizan, desde visiones en ocasiones acomodaticias y miopes, anticipan el resurgimiento de la izquierda sesentera, es decir dogmática y autoritaria.

Esta unidad, al margen de las lecturas de las derechas o del gobierno, en un permanente ejercicio de aprendizaje de los errores del pasado, debe demostrar en la práctica que está dispuesta a dejar atrás el dogmatismo y la intolerancia que muchas veces caracterizaron a las izquierdas. No se trata simplemente de negar el pasado, sino de procesarlo y, por cierto, superarlo. Este es, sin duda, el primer reto de este esfuerzo unitario.

Las izquierdas no pueden convivir con el sistema capitalista. Sin embargo, reconociendo que de este sistema se saldrá arrastrando muchas de sus taras, hay que centrar la discusión alrededor de las propuestas y alternativas para hacer realidad esa salida. La tarea, entonces, no es solo responder a los reclamos estructurales de largo plazo, sino profundizar la discusión de políticas concretas en el presente. Por otro lado, concentrarse solo en las urgencias del momento consolidaría prácticas voluntaristas, que no contribuirían a cristalizar los cambios estructurales indispensables teniendo en la mira la vocación utópica de futuro.

La construcción de una propuesta programática que viabilice una opción superadora al insostenible modelo capitalista en crisis, pasa por el reconocimiento de los espacios de lucha y resistencia que frente a éste se han desarrollado. Esto exige la valoración y aprendizaje de innumerables experiencias alternativas puestas en práctica como respuesta y resistencia al modelo social y económico dominante, y la amplia participación de los sectores sociales organizados que forman parte también de las izquierdas.

La división entre las esferas de lo político y lo social hoy para nosotros ha desaparecido. Esto conlleva específicamente dos cuestiones: por un lado, la necesidad de implicación de los sectores sociales en la construcción de una alternativa plural y democrática que sirva como herramienta de transformación para nuestra sociedad; y por otro, el reconocimiento de estos sectores sociales como actores de cambio por parte de las organizaciones partidistas de perfil más clásico o convencional. La izquierda que pretendemos construir ha de articularse sobre esta diversidad organizativa y esta pluralidad ideológica, la cual para su supervivencia debe articularse sobre esquemas de democrática real y participativa, superando dogmatismos y lógicas jerárquicas de organización.

El proceso de construcción de una sociedad democrática no puede conducir a la instalación de un nuevo régimen de dominación. Es un reclamo para ampliar las libertadas y los derechos a partir de cada vez más equidades en todos los órdenes de la vida. Este esfuerzo será materia de discusión y decisión de la sociedad en su conjunto; es decir de todos los actores involucrados en este proceso de cambios profundos. El pueblo no sólo tiene que ser visto como el beneficiario pasivo de este esfuerzo; el pueblo debe asumirse como el portador activo de su propia emancipación. La sociedad diseñará y aplicará sus propios programas sin aceptar mensajes y normas emanadas de alguien que pretender asumir el papel de un iluminado. Esta no es una tarea de “expertos”. Como también dijimos hace ya un lustro, no creemos en liderazgos individuales que conduzcan a la configuración de estructuras verticales y caudillescas, sino en liderazgos colectivos sustentados en la autocrítica, en la toma colectiva de decisiones, en el respeto a otras opiniones y en la humildad. Estos deben ser principios que guíen la estructura orgánica y la dirección de esta unidad de las izquierdas.

En este punto las ideologías, todas las ideologías, en tanto instrumentos de mediación racional entre el pensamiento y la realidad, pueden resultar obsoletas en la medida que no permitan interpretar e intervenir de manera adecuada en las nuevas condiciones del mundo, la sociedad y sus necesidades insatisfechas. Similar reflexión es pertinente para la praxis de los partidos y movimientos políticos en su empeño por organizar-transformar la sociedad desde sus plataformas y programas de gobierno. Si en este proceso unitario nos centramos preferentemente en las discusiones ideológicas, éstas conspirarán contra la unidad. Mientras debatimos la teoría para ponernos de acuerdo, la historia continúa…

Este proceso, por lo tanto, convoca lo mejor del espíritu emancipador de las izquierdas. Conmina a desechar toda suerte de autoritarismos e invenciones perversas de épocas pasadas. El verticalismo de los procesos revolucionarios, entendible en una confrontación armada, se volvió al final una tentación para el ejercicio de la política. Justificó el renunciamiento a la libertad e incluso justificó limitaciones a la democracia bajo el argumento de la defensa de la revolución. Como consecuencia de esas posiciones dogmáticas, las izquierdas terminaron por no creer en la democracia, ni como práctica ni como condición para el ejercicio del poder. Superar en la cotidianidad del propio proceso unitario y no solo en el discurso dichas prácticas no democráticas constituye otro de los principales compromisos a asumir por parte de las izquierdas.

De lo anterior se desprende que la democracia sigue siendo la tarea insustituible. Es más, a la democracia hay que entenderla como una forma de vida. Esto conduce necesariamente a respetar las diversidades para la construcción de una sociedad democrática, en ningún caso su uniformización totalitaria. Recordando palabras del Che Guevara, la revolución no debe convertirse en una estandarizadora de la voluntad e iniciativa colectiva, sino todo lo contrario. La revolución, que para eso se da paso a esta unidad, debe ser liberadora, en todos los sentidos, de la capacidad individual de las personas.

Entonces, desde la misma sociedad, desde su diversidad se irá construyendo más sociedad, lo que debería acompañarse de un incremento permanente de democracia. La tarea, en concreto, es crear instituciones y normas para desarrollar y consolidar una democracia más abundante para todos y todas. Y justamente desde allí se debe propiciar la construcción del socialismo como un proceso de democracia sin fin, en el que se conjuguen por igual reforma, revolución y rebeldía.

De lo anterior se desprenden demandas por libertad, igualdad y equidades. Urge propiciar las equidades y la igualdad en todos los ámbitos de la vida humana, pero sobre todo hay que hacerlo en el poder en todas sus manifestaciones. La tarea es ciudadanizar el Estado democratizando la democracia.

Si aceptamos que la igualdad de los ingresos incrementa la libertad, la igualdad del poder hace aún mayor esa libertad. A la inversa, donde no hay libertad la igualdad carece de sentido. La igualdad está ligada con la libertad y la justicia. Sin igualdad, como afirmaba Simón Bolívar, perecen todas las garantías y todos los derechos. Y la libertad, para ponerlo en palabras de Rosa Luxemburg, es siempre la libertad de quien piensa diferente.

De suerte que la construcción de una sociedad democrática, de una sociedad igualitaria, distinta a la actual, pasa por asumir la superación de las múltiples desigualdades e inequidades existentes. Una meta que no se conseguirá plenamente dentro del sistema capitalista, si lo entendemos como la civilización de la desigualdad, pero que no puede dejar de ser buscada en todo momento y circunstancia.

De lo anterior se desprende la urgencia por entender la multiplicidad de luchas inmersas en este proceso unitario. Es preciso asumir este reto plural. Cada una de las inequidades existentes -económica, social, intergeneracional, de género, étnica, cultural, regional-, propias de una modalidad de explotación y dominación a ser superada, plantean respuestas específicas y conjuntas. No hay luchas solo de las mujeres o solo de los pueblos y nacionalidades o solo de los trabajadores o solo de los campesinos o solo de la juventud… Es preciso entender este reto histórico para tejer conjuntamente las resistencias y la construcción plural de alternativas concretas, en el marco de luchas compartidas en su comprensión y en su gestión. Sin visiones utilitaristas, es importante mantener la línea de solidaridad práctica en todas las luchas de resistencia y construcción, sobre todo si vamos a un escenario de unidad de criterios para transformar la sociedad e incluso también para intervenir unitariamente en procesos electorales locales y nacionales; que para eso también se forja esta unidad. Pero, si la unidad se da en base a acuerdos superficiales o simplemente electorales o si simplemente sirve para satisfacer apatitos personales, la unidad durará poco.

Por lo tanto habrá que asumir compromisos históricos como lo es la construcción de un Estado plurinacional, entendiendo a la plurinacionalidad no como una estructura parcializada del Estado. No se trata de construir una parte del Estado dedicada a atender “lo indígena” o “lo afro”. La plurinacionalidad no es solo para “los indígenas” o los afros”. No se trata de ponerle parches al actual Estado. No se plantea una simple sumatoria de ideas indigenistas a las actuales estructuras para construir un Estado diferente al actual. No se propone una yuxtaposición de propuestas y visiones indígenas y no indígenas. El Estado plurinacional no es un Estado híbrido. Tiene que ser otro Estado en términos de otra sociedad y otra propuesta de vida. De esto se desprende que la plurinacionalidad implica otro proyecto de país.

Desde esa perspectiva, el planteamiento de un nuevo Estado debe incorporar otros elementos clave: el Buen Vivir y los Derechos de la Naturaleza, la descolonización y la despatriarcalización, desde donde consolidar y ampliar los derechos colectivos y también los individuales. No hay contradicción con la participación ciudadana, pues no se trata simplemente de una ciudadanía individual/liberal. Desde la lógica de los derechos colectivos se abre también la puerta a ciudadanías colectivas, a ciudadanías comunitarias. Por igual, desde la lógica de los Derechos de la Naturaleza se necesita otro tipo de ciudadanía, que se construye en lo individual, en lo social colectivo, pero también en lo ambiental. Ese tipo de ciudadanía es plural, ya que depende de historias comunes y de los ambientes. Habrá que acoger criterios de justicia ecológica que superan la visión tradicional de justicia ambiental.

El Buen Vivir, surgido también en el calor de las discusiones sobre la plurinacionalidad, se proyecta incluso como una propuesta de cambio civilizatorio. Y por eso mismo cobra cada vez más vigor aún fuera del mundo andino, más allá de sus retos plurinacionales. En el centro de la atención, asumiendo el mandato constituyente de los Derechos de la Naturaleza, está un gran paso revolucionario que nos conmina a transitar de visones antropocéntricas a visiones socio-biocéntricas, con las consiguientes consecuencias políticas, económicas y sociales.

La unidad de las izquierdas, desde estas perspectivas, apenas esbozadas en las líneas precedentes, debe tener una clara vocación internacionalista. Los cambios en el mundo reclaman solidaridad, a partir de estrategias comunes.

Todas estas reflexiones sirven para configurar las obligaciones de las izquierdas. Para esto también sirve la unidad planteada. Esta unidad será positiva y vigorosa, si no se circunscribe exclusivamente a una mera suma de siglas con miras a enfrentar el creciente autoritarismo y las contradicciones del actual gobierno, al tiempo que se prepara para un próximo proceso electoral. Tengamos presente que las elecciones, por si solas, no deciden el curso de la historia.

Por lo tanto, una vez más urge el rescate de lo político. Las sucesivas genuflexiones ante cualquier caudillo, como consecuencia de la lógica autoritaria impuesta, esteriliza la vida política, limita la crítica, debilita el debate público. Y esa esterilización de la política, a su vez, generará mayor violencia explotadora y excluyente; situación que no pueden propiciar las izquierdas, pues su obligación es construir una esperanza de cambios radicales no-violenta.

Esta unidad de las izquierdas, al menos de algunas fracciones de esta tendencia, debe convocar a amplios segmentos de la población con el fin de recuperar y fortalecer sus capacidades de indignación y compromiso, para reposicionarse en la vida política a través de diversas y nuevas organizaciones y prácticas democráticas. Esta unidad, entonces, no puede transformarse en un mecanismo para simplemente aumentar el número de quienes militan en cada una de las organizaciones convocantes. Su objetivo será crear y ampliar todos los canales posibles de participación ciudadana propiciando la redistribución del poder estatal para minimizar los poderes particulares, oligárquicos y transnacionales.

Ganar elecciones es importante, pero no suficiente. El gran reto es la construcción de nuevos modelos de sociedad y Estado, desde abajo y a largo plazo, que no se asienten en el uso y abuso del poder para dominar e imponer. Antes que asaltar el poder conviene construir un poder contra hegemónico. Esto supone dedicar mucho tiempo y esfuerzo a la concientización y educación en democracia de los actores en todos los niveles. Trabajar desde lo local es tan significativo como hacerlo a nivel nacional e incluso internacional. En la situación actual hay que promover una contracultura de la resistencia con estrategias de lucha no violenta, capaz de aprovechar los márgenes de maniobra que todavía existen, con un alto contenido simbólico que genere la adhesión y la articulación de la sociedad.

Si algo nos ha enseñado la historia reciente de América Latina y el mundo es que no puede darse ningún proceso de cambio e innovación relevante para los más pobres y excluidos sin la inclusión y protagonismo de los propios actores involucrados en los procesos necesarios para el cambio. En la experiencia de los procesos de las comunidades de base hay mucho que aprender. Insistamos, éste no es el momento de los partidos de cuadros, en donde no cabe realmente la sociedad, y menos aún de los líderes iluminados. Además, nadie individualmente tiene todas las respuestas (Estas mismas líneas recogen contribuciones y sugerencias de varios compañeros de lucha). Por lo tanto es preciso escuchar a la mayor cantidad de personas, particularmente de los sectores populares. Entre todos y todas podremos construir todas las respuestas, pues solo entre todos y todas podremos cambiar el mundo.

La fortaleza de esta unidad radicará en acuerdos políticos sólidos y en la forma en que se los realiza. Toda simplificación resultará peligrosa. El reto es complejo y difícil. Se trata no solo de consolidar posiciones en el corto plazo, pues a largo plazo es necesaria la construcción de una nueva civilización que recoja lo mejor de la memoria del pasado, pero que sea capaz de reinventar el futuro. Inteligencia, creatividad, respeto, transparencia, equilibrio y mucha alegría deben ser acompañantes permanentes en este proceso unitario, que debe ser asumido apenas como un medio para cambiar el mundo y no como el fin último.-

Alberto Acosta, economista ecuatoriano. Fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador, y actualmente integra el Frente Montecristi Vive. El artículo fue publicado originalmente en la Revista Tendencia, No 12, octubre-noviembre 2011 (Quito), bajo el título “Unidad”.

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